El mensaje cifrado de Comala: guía de lectura para una edición numerada de «Pedro Páramo»
Matriarcado de la autodestrucción: sobre la novela de Elena Piedra, «Una nota de fuego y nada más»
La destrucción familiar suele ser una implosión silenciosa de los afectos, de la erosión de la confianza y de la herencia invisible de los traumas. En esta perturbadora tendencia se inscribe la primera novela de Elena Piedra (México, 1990), Una nota de fuego y nada más (Tusquets, 2025).
La protagonista es una correctora de estilo. Ella encarna la fatiga de esta herencia emocional. Su oficio, que busca la pulcritud y la coherencia en el lenguaje, contrasta brutalmente con el caos y la incoherencia de su vida familiar. La narradora admite que el mundo entero de la protagonista “…giraba alrededor de su madre y sus conflictos. Pero con nadie habla de eso. El simple hecho de imaginarse repitiendo lamentos e inseguridades vinculados a las mujeres de su familia la exasperaba” (p. 120). Esta es la carga de una genealogía de malestar, donde la lealtad familiar se confunde con la repetición de patrones destructivos.
La novela de Piedra no elude la pregunta incómoda sobre la infidelidad y la autodestrucción: “¿Cómo una persona podía arriesgarlo todo por acostarse con alguien más?” Esta interrogante, que resuena con vivencias personales, apunta a un rasgo de las sociedades contemporáneas, a menudo “terapiadas”, sin poder eludir el malestar de la cultura (Freud). La autora capta una tristeza colectiva, acaso exacerbada en el contexto mexicano: “Víctimas de nuestra propia tristeza, de la apatía, de estas malditas ganas de estar siempre mal” (p. 192). Es una tristeza que se autoperpetúa, una elección inconsciente por la disfunción.
La estructura narrativa de la novela, que intercala una narración en tercera persona del singular con cartas de la protagonista a su madre, es una elección brillante que subraya la intimidad del conflicto y la carga de la herencia. En una de estas cartas, fechada el 20 de julio de 2016, la protagonista confronta a su madre con una verdad devastadora: “Aprendí a odiar todo eso que tú odiabas. Desde antes de ser consciente de lo que sucedía entre ustedes hice mío tu coraje, seguí tus formas y esa especie de desprecio hacia mi padre. Tú y yo contra él. ¡Qué infierno debe haber vivido todo esos años! Pero él, culpable y conciliador, recibió pacientemente tus maltratos y los míos” (p. 59). Este pasaje es una radiografía de la alienación parental, de cómo el odio se transmite generacionalmente, y de la complicidad silenciosa del progenitor “conciliador” en su propia victimización. Una nota de fuego y nada más es, en esencia, un largo relato de abandonos y desconfianzas, narrado con una discreción y agilidad que lo hacen aún más perturbador.
La novela de Piedra, con sus constelaciones de tías, primas, abuela y madre, que la protagonista intenta organizar, revela un confuso matriarcado que opera por encima de un supuesto patriarcado. Pues, en este universo femenino, la autodestrucción se erige como una fuerza peligrosa. La novela nos obliga a cuestionar si la mujer, en su búsqueda de poder o liberación, termina por devorarse a sí misma y a quienes la rodean.
La protagonista de Piedra se ve arrastrada a defender, en discusiones con sus tías, a la izquierda gobiernista. Con una lucidez dolorosa, la novela permite ver cómo se admite que unos y otros, tanto los defensores como los detractores, “cobran y se benefician de un Estado benefactor” —un Estado cuya contraprestación tácita a la población es, paradójicamente, no poner a la familia en el centro de la polis, sino entronizar una figura presidencial omnipresente y carismática.
Para terminar, a riesgo de un anacronismo provocador, comparemos la novela de Elena Piedra con el bestseller de Bella Macki, How to Kill Your Family (Cómo matar a tu familia). Mackie utiliza la neurosis de la familia británica para desatar carcajadas y giros inesperados. Piedra, en cambio, el rencoroso silencio mexicano para practicar una autopsia minuciosa e implacable donde todo sentido del humor se ha consumido. Su violencia es la del silencio (en los grandes silencios se engendra el rencor, decía Alfonso Reyes), la del desprecio acumulado y heredado.
Elena Piedra no busca la subversión cómica ni la sátira mordaz de Mackie; su linaje es otro. Su novela se inscribe en la estela de Ernesto Sábato, cuya saga familiar en Sobre héroes y tumbas, con la figura enigmática de Alejandra Vidal y el incendio que consume el pasado, resuena en las constelaciones familiares alarmantes que Piedra desvela. La autora se aventura en las preguntas que acechan a sus personajes: “¿Por qué tantas rupturas en la familia? ¿La depresión puede llevarse en la sangre? ¿Qué tan normal es vivir esperando la violencia y la traición?” (p. 83). Estas interrogantes no son meros disparadores argumentales; son el pulso de una exploración que desnuda el despojo y la desconfianza como los verdaderos gobernantes de las relaciones familiares contemporáneas.
En esa espera tensa de la traición estriba la verdadera tragedia de la herencia. Al clausurar cualquier salida cómica y habitar el rencoroso silencio que engendra el desprecio, la narrativa contemporánea nos sitúa ante un espejo incómodo: el de una cultura que prefiere el infierno de la repetición destructiva antes que la renuncia a sus lealtades invisibles. Romper con el linaje de la apatía y el malestar exige algo más que terapia o asimilación estatal; exige la lucidez crítica de desmantelar el mito familiar desde su raíz. Solo al desnudar el despojo que gobierna nuestros afectos ordinarios es posible empezar a trazar, con absoluta dignidad, una geografía soberana para el pensamiento y la existencia.
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Teoría de la identidad musical
[Nota: Este texto fue indexado originalmente en mayo de 2024 y se integra hoy al Archivo Vivo de Proteo por su vigencia para el estudio de las genealogías de la identidad y la estética musical contemporánea].
La diosa Atena: de la identidad sexo-genérica a la identidad político-territorial
[Nota de la dirección: Este ensayo fundamental pertenece a la Primera Época (Proteo 0) del portal. Fue indexado originalmente en abril de 2024 y se conserva hoy en el Archivo Vivo por su vigencia para la revisión histórico-crítica-ética del mito político, la deconstrucción de la identidad sexo-genérica y las genealogías del espacio territorial].
Las sirenas y el origen de las las vocales
PROTEO 0 (PRIMERA ÉPOCA)
A, E, I, O, U.
– Zeus se acuesta con Leda en 1245 a. C.
– Helena nace en 1244 y es secuestrada por Paris en 1220 a. C.
– La Guerra de Troya termina en 1209 a. C.
– Odiseo escucha a las sirenas en 1206.
Las sirenas, en cuanto a encarnación de las vocales, según la bella hipótesis del helenista Kittler, son el eco de nuestra voz.
Según la hipótesis de Klaus Theweleit en un reciente libro publicado en 2022, Die Erfindung des Vokalalphabets auf See, die Entstehung des Unbewussten und der Blues (La invención del alfabeto vocálico en el mar, el surgimiento del inconsciente y el blues), la comunicación en el mar presentaba desafíos únicos.
Los griegos se veían obligados a comunicarse a grandes distancias, gritando y vociferando contra y con el mar. En este entorno, descubrieron algo crucial: las vocales eran los únicos sonidos que podían escucharse claramente a larga distancia, a diferencia de las consonantes.
En 1519, según Theweleit, si Hernán Cortés y sus soldados solo hubieran tenido consonantes para escribir, habrían tenido que escribir ‘TNTSTTLN’. Gracias a las vocales, pudieron registrar por escrito: Tenochtitlan, que era el nombre de su capital en la lengua de aquellos a quienes llamaban ‘aztecas’ en sus registros (y no simplemente ZTKN).
El alfabeto vocálico griego es, por lo tanto, la primera técnica de registro que merece el nombre de alfabeto, precisamente porque comienza con alfa = a y continúa con beta = b; y precisamente por eso se llama alfabeto, porque da a sus signos un orden fijo en el que los demás vocales están integrados. Solo el alfabeto vocálico hace que el flujo del habla sea escribible’, afirman Friedrich Kittler y Wolfgang Ernst en su gran ensayo sobre el origen histórico del alfabeto vocálico, Die Geburt des Vokalalphabets aus dem Geist der Poesie, que reúne los mejores textos que tenemos sobre este complejo.
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La multifuncionalidad es la característica más sobresaliente del alfabeto vocálico griego. Pues sus signos, que permiten registrar lo fonético, también se aplican a los campos de la matemática/geometría y de la música. Por ejemplo, la matemática algebraica y la geometría euclidiana, desarrolladas entre los siglos VIII y III a.C., utilizan signos griegos (y más tarde latinos) combinados con números arábigos para designar sus unidades de medida. Pues los nuevos avances de la matemática geométrica se nombran con signos (más tarde llamados: letras) del nuevo alfabeto vocálico.
Nuestra actual escala de tonos de octava occidental, dividida en siete pasos completos y cinco semitonos, se anota, hasta nuestro moderno piano, con signos del alfabeto vocálico: c-d-e-f-g-a-h-c. Los intervalos en ella se designan según las distancias entre los tonos involucrados: tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, novena. Sus distancias tonales, ‘más alto’ o ‘más bajo’, se basan en la medición exacta de la longitud de la cuerda vibrante de un instrumento dado.
Ambos procesos, el algebraico y el de medición musical, se unen en la figura de Pitágoras en el siglo IV a.C. Él, o su ‘escuela’, designa con las letras del alfabeto vocálico tanto los lados de los triángulos geométricos como las alturas tonales en su escala de tonos, que se basa en la medición de las longitudes de las cuerdas tensadas. Pitágoras descubre que hay exactamente un salto de octava hacia arriba cuando se reduce a la mitad la longitud de la cuerda en el instrumento; y un salto de octava hacia abajo cuando se duplica su longitud.
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El alfabeto latino, descendiente del alfabeto vocálico griego, ha tenido un impacto profundo en la tecnología moderna. Podemos ver esto claramente en los teclados de computadoras, donde los números arábigos 1234567890 están en la primera fila, encima de las letras QWERTYUIOP. Este diseño, originado en las máquinas de escribir, se trasladó directamente a las computadoras y jugó un papel crucial en el desarrollo de la arquitectura de von Neumann, que es la base de las computadoras modernas. Por ejemplo, los primeros códigos de programación como FORTRAN y COBOL utilizaban caracteres alfanuméricos latinos.
En contraste, no existe un teclado estándar mundial para idiomas con sistemas de escritura más complejos, como el chino con sus miles de caracteres.
El salto a la tecnología informática actual se basa en la lectura y cálculo secuencial de bits (0s y 1s), que es una extensión lógica del orden alfanumérico latino. Por ejemplo, el código ASCII, que asigna valores numéricos a letras y símbolos, fue fundamental para el desarrollo de la computación. Esta codificación alfanumérica se ha vuelto central para el funcionamiento de los medios digitales en general, desde los mensajes de texto hasta los códigos QR, demostrando cómo el alfabeto grecolatino ha moldeado profundamente nuestra cultura mediática moderna.
Conclusión
Con todo esto, no decimos nada nuevo. Solo queremos delinear con cierta precisión la importancia mediática del alfabeto vocálico para la historia del desarrollo de nuestra percepción del mundo.
¿No deja de ser asombrosa esta capacidad histórico-tecnológica de poder ordenar 24 (más tarde ampliados a 26 por los romanos o latinos) segmentos discretos (‘letras’, ‘caracteres’) de tal manera que, al mezclarlos y secuenciarlos de nuevo, se den en ellos todas las relaciones existentes y no existentes en el mundo – en el ‘universo’ o en algún lugar? Así pues, en la medida en que los respectivos secuenciadores (léase “autores”) sean capaces, según su formación y talento, de combinarlos con suficiente variedad, puede significar ‘poesía’, o significar ‘religión’; o ‘ciencia’. El mundo es tanto exactamente representable como completamente inventable en esta tecnología; construible a partir del número absolutamente pequeño de 24 o 26 segmentos.
Coda: la teoría de la mente bicameral
Por último, la teoría de Julian Jaynes expuesta El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral (1976). En él, Jaynes propone una teoría radical sobre el desarrollo de la conciencia humana. Sugiere que hasta hace aproximadamente 3,000 años, los humanos operaban con una “mente bicameral”, en la cual las funciones cognitivas estaban divididas entre dos hemisferios cerebrales que funcionaban de manera independiente. El hemisferio derecho generaba alucinaciones auditivas que el hemisferio izquierdo interpretaba como voces de dioses o figuras autoritarias, guiando así las acciones humanas sin una conciencia introspectiva o un sentido del “yo” independiente (véase Ortega Villasenor y Quiñones Trujillo, “Transformaciones del concepto de moralidad: de los orígenes religiosos a la globalización tecnológica”. Alpha [online]. 2006).
Un aspecto crucial de la teoría de Jaynes es el papel del lenguaje y la escritura en la transición hacia la conciencia. Jaynes destaca la importancia del alfabeto fonético, que facilitó una nueva forma de organización mental y social, permitiendo una mayor introspección y el surgimiento de la conciencia individual. La escritura, especialmente en formas más accesibles como el alfabeto fonético, ayudó a consolidar esta transición al permitir el registro y análisis de pensamientos de manera más estructurada.
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